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jueves, 10 de mayo de 2012

Inquisidor Dargentus.


Conducto telepático: Astrópata-terminus Tarondan.
Ref: AdMec/9934566/Xen569
Autor: Agente Limsore.
Transmitido por: Korwyn Delta.
Destino: Secreto.
Destinatario: Inquisidor Dargentus.
Fecha: 5432999M41

Pasé fugazmente los datos sobre el planeta, conocía demasiado bien lo que ponía. Todo mi interés se centraba en las líneas posteriores. Entre los muchos datos recopilados para mi, se ocultaba la clave para resolver mi investigación.

Como había aprendido muchos años atrás, todo buen inquisidor debe tener una extensa red de espías, informadores y chivatos. No importa demasiado que estén bien entrenados siempre y cuando sean muchos. Dos vecinos del mismo pueblo a las órdenes del mismo inquisidor, sin ni siquiera saber que cumplen la misma función pese a conocerse, quizá de toda la vida, aportan dos puntos de vista distintos sobre aquello que quieres conocer. Además se vigilan mutuamente, algo que siempre nos ayuda a los inquisidores. Claro está que, a su vez, hay otros que también los vigilan a ellos.

El inconveniente que tiene esta forma de trabajo es la inmensa cantidad de datos que genera. En la placa de datos que sostenía ante mí, tenía informes de más de doscientos agentes inquisitoriales. Sin embargo, sabía que allí estaba esa clave que me permitiría capturar al inmundo ser responsable de todo el incidente. Aún desconocía su nombre, no por mucho tiempo. Algún día descubriría su auténtico nombre y ese día tendría poder sobre él, poder para desterrarlo o quizá para acabar con él. Pero eso era algo para mi yo futuro. Ahora, en el presente, estaba centrado en descubrir algo que me llevara tras él y me permitiera darle caza.

Después de horas leyendo me escocían los ojos, enrojecidos por el esfuerzo. Aparté mi mano de la placa de datos y en el preciso instante en que me disponía a frotarme los ojos para aliviar la picazón, lo vi. Allí lo tenía, el nexo de unión entre todo. Deslicé arriba y abajo frenéticamente las líneas por la pantalla, tomé anotaciones, leí otras placas y tracé esquemas. Ahora todo encajaba, era mío y no podría escapar de mí.

De pronto, alguien me llamó en voz alta. Levanté la vista del libro, coloqué el marcapáginas en su sitio, lo dejé con cariño en la mesa  y volví de nuevo a mi vida.

Texto escrito por el inquisidor Joan Gregori Bagur.
Sancionado por el Ordo Xenos. 

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Tierra Media, quinta edad.

En la soledad de mi estudio, acompañado sólo de viejos escritos, meditaba a la luz de un pequeño candil de manufactura elfa, de luz suave, para no cegar, ni molestar a la vista en sus trabajos, decían sus creadores. Pero que yo, con mis humanos ojos, viejos y ya cansados, encontraba insuficiente para mis noches de trabajo. Noches que se hacían cada vez más largas y febriles. Aquello que me mantenía alejado de toda compañía y a lo que dedicaba mi tiempo y que robaba mis escasas hora de sueño había yacido en el fondo de una vieja torre oscura y húmeda, habitada según decían por un viejo mago allá en la época de la Guerra del Anillo. De no mucho antes debía datar aquel viejo volumen manuscrito. Fechado en referencia a un calendario hoy olvidado y escrito en lenguas antiguas y olvidadas. O casi olvidadas, ya que algunos de nosotros, viejos sabios encerrados en oscuros estudios aun sabemos como transcribirlas y leerlas.

Mi corazón se alegra al pensar que cuando yo muera, y eso será pronto, pocos querán ya que puedan leer esto y morirá conmigo lo que nunca debió ser descubierto. Estos escritos han ejercido en mi una influéncia negativa. Una adicción terrible e imposible de combatir me ha impulsado a dejar de lado mi vida y los pocos que aun quería, centrado en descifrar cada palabra del maldito tomo. Mi maltrecha salud, escasa antes de este trangulo llega hoy a su límite, hasta el punto de sentirme morir. Pero el peor cambio lo ha experimentado mi mente, cada vez que me siento a leer siento como la oscuridad se alarga como si tubiese tentáculos y el miedo me atenaza impidiendome levantar la vista a sabiendas de que allí, entre las sombras de mi despacho se agazapan los indescriptibles horrores insinuados en lasmviejas páginas. Por fin doy por concluida mi lectura, consciente de que mis dias se acaban y de que la cordura me ha dejado para siempre. Cierro el tomo y abandono por ultima vez mi despacho. En el escritorio, cerrado, esprero que para siempre, puede leerse en lengua negra: Anales de Mordor.



Joan Gregori Bagur.


JoanGre.

domingo, 12 de diciembre de 2010

El robot tetera

Este microrrelato lo escribí para el foro SteampunkSP. Se trata de un fragmento del universo que he creado, Heria. Disfrutadlo.

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El palacio de los espejos resplandecía bajó las ultimas luces de la tarde al cruzar cualquier esquina de la ciudad. Las lámparas de gas anunciaban su dominio de las calles mientras los animales de tiro paseaban perezosamente los carros de sus amos.

Los piratas se cruzaron con más de un robot de servicio. Engendros mecánicos llenos de engranajes y chapas de metal. Uno de ellos soltó un silbido de vapor al pasar y dio un respingo que les recordó el cruce entre una tetera y un arlequín. La tripulación rió al unísono al verlo.

Fei Llamp, acostumbrado a sus monos de trabajo dentro de la nave, se sentía oprimido por aquel traje tan elegante como estirado. Sin embargo se olvidó de ello al ver pasar el robot tetera. Su mente, rápida como un relámpago, empezó a trabajar en el diseño de una tetera que sirviera sola. Al principio pensó que sería una idea descabellada más, una de esas que el capitán tildaba de peligrosos inventos. Sin embargo, algo en aquel ser mecánico le hizo pensar que sería posible.

Imaginó cómo aprovechar el propio vapor generado por la ebullición del té para dotar de movimiento a una rueda, que unida a un eje hiciera mover a la tetera por un raíl que debería construir en la mesa del comedor. Si conseguía que el vapor se concentrara lo suficientemente y una fuente de calor que pudiera transportar, incluso podría dotar a la tetera de patas, prescindiendo entonces de los raíles.

Tan absorto en su nuevo invento estaba que no se dio cuenta de que dejaba el grupo. Al advertir que ya no estaba con su tripulación se preguntó dónde habrían ido. La respuesta más lógica, pensó, era que hubiesen parado en una taberna para lo que ellos llamaban "reponer fuerzas", así que no se preocupó. Su andar errático mientras planeaba, le había llevado frente a una vieja tienda apenas iluminada por las luces de la calle. Su sorpresa fue mayúscula cuando encontró que era, ni más ni menos, que una tienda especializada en piezas mecánicas, tuercas, ruedas y engranajes. Además también vendían teteras.

Sin pensárselo dos veces entró en la tienda preguntándose como sabría el té en su nuevo robot tetera.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La fabula del cuervo hambriento

Érase una vez un cuervo hambriento, que volando por el bosque vio un arbusto de jugosas bayas y bajó a picotear una de ellas.

- ¡Eh! ¿Qué haces? - exclamó el arbusto al ver que lo picoteaban con una voz que recordaba al viento. - Tú eres un ave carroñera.

- Sí – se defendió el cuervo – pero en este bosque hace tiempo que no hay carroña que llevarse al pico y estoy hambriento.

- ¡Nada, nada! - le respondió el arbusto airado – con tu picar a otra parte.

El cuervo alzó el vuelo y se posó sobre un árbol cercano. Allí vio una fruta carnosa y se acercó para picotearla.

- ¡Eh! ¿Qué haces? - protestó el árbol con voz de madera vieja. - Éstos son mis frutos y tú comes carroña.

- Lo sé, pero no hay carroña en el bosque desde hace días y tengo tanta hambre ... - se explicó el cuervo.

- ¡Nada, nada! Con tus plumas a otra parte.

El cuervo bajó de nuevo al suelo, ya sin fuerzas para volar. Allí, a la sombra del árbol, vio una seta exuberante que crecía entre las raíces. El cuervo titubeando se acercó a picotear.

- ¡Eh! ¿Qué haces? - le dijo el hongo con la aguda voz de todos los hongos. - Mis setas no son para aves carroñeras.

- Lo sé – dijo de nuevo el cuervo. - Pero no pruebo bocado alguno desde hace días y ante la falta de carroña algo tengo que comer.

- ¡Nada, nada! Con tu oscuridad a otra parte.

Y así fue como el cuervo, sin comer, se retiró a un claro del bosque. Allí, al cabo de unos días, murió de hambre. El arbusto, el árbol y el hongo lloraron un poco por él, pensando que eran los causantes de su muerte. Pero, como toda carroña, otros animales ya estaban alimentándose de él.

Fin

martes, 30 de noviembre de 2010

Volar

Entre susurros reptilianos, las palabras del conjuro empiezan a tomar forma. La misión del conjuro no es otra que la de ocultar a los ojos de quien mire la enorme forma que ocupa la terraza de la ciudad. Si pudieran ver, verían cómo los últimos rayos del sol arrancan de su cuerpo destellos argéntentos, teñidos de rojo gracias a esa magia del amanecer. Verían también cómo el cuerpo repta grácilmente pese a su tamaño y extiende dos alas de un gris metálico que perezosamente empiezan un baile acompasado a modo de calentamiento.

Sin más preámbulos, las alas aumentan la cadencia del batir, el cuerpo se alza del suelo y eleva su masa sobre el edificio, dejándose caer en el patio interior para remontar con grácil maniobra su vuelo, esta vez hacia el cielo, en espiral.

Ante los ojos del dragón, pues ya habría adivinado el casual observador qué mágico ser veía, si pudiera verlo, toma forma la ciudad al atardecer, palideciendo y cambiando sus colores diurnos por aquellos más oscuros y misteriosos de la noche urbana. A un lado se abre inmenso el mar, tranquilo, dejando que el bullicio se pierda entre sus aguas. Al otro las montañas, tachonadas de edificios y construcciones, encierran la ciudad como brazos acunando a un hijo dormido.

Mientras asciende piensa en cuál será su rumbo esta noche. ¿Hacia el mar, a molestar con su vuelo a los irritables pájaros que esperan estas horas para llenar su buche cerca del puerto, mientras los turistas ahogan las últimas horas de luz con sus fotografías? ¿Más allá de la montaña, para ver cómo se refugian los pocos jabatos que aún pueblan esos montes y a los agricultores, algo alejados ya de la ciudad, que observan con la puesta el trabajo de hoy?

En el horizonte se dibuja una respuesta, divertida y traviesa, que resuelve sus dudas sobre dónde ir hoy. Ve un avión de pasajeros, recién despegado. Decide retarlo a una carrera por los cielos de la que sólo él será consciente. Con vuelo firme se dispone a interceptar el aparato y poco antes de que pase por su lado bate con fuerza las alas y les da fuerzas con un nuevo conjuro para que aumenten su velocidad.

Dando alcance así a la nave, no puede resistirse a mirar por sus pequeñas ventanillas y ve, como no puede ser de otra forma, un sinfín de historias en cada pasajero. Vuela junto a la nave un poco más, en un esfuerzo de mantener su ritmo, hasta que decide que ya es hora de volver. Se despide de la nave con varias piruetas, jugando con el cielo como un niño lo hace en el agua del primer baño de verano.

Desciende suavemente entre risas al balcón del que ha salido y allí, una vez más, vuelve a ser un hombre, hasta la próxima noche que quiera volar.

lunes, 31 de mayo de 2010

El lamento de los cañones.

No era ninguna novedad que todo fuera mal. Era algo a lo que Ellos ya estaban acostumbrados. Sin embargo nunca se rendían, no podían hacerlo. Les dieron una segunda oportunidad y la aprovecharían demostrando su valía para el resto de la eternidad. Ellos eran el trágico recuerdo de los errores. El pesar del infortunio. Eran el capítulo de los Lamentadores.

El tabardo amarillo que cubría buena parte de la servo-armadura del capitán Don Depresor ondeaba bajo el fuerte viento de Anima III, un planeta semi-desértico en el que sólo parecían crecer malas hierbas y rebeldes. El Imperio del hombre tenía allí una pequeña colmena cerca de uno de los pocos pozos de agua del planeta que se extendía bajo la tierra abrasada por el sol. La comunidad se dedicaba a remover antiguos lechos marinos en busca de materiales fósiles y otros bienes para el Imperio.

Al observar aquel desierto al capitán le costaba imaginar que allí se extendiera en otro tiempo un basto mar poblado de criaturas vivas. Pensó en su propio capítulo y en la suerte que habían corrido. Antaño fueron un capítulo noble y preparado para ganar gloria y renombre para el Imperio y el Emperador Inmortal; sin embargo, hoy tenían que luchar por borrar un pasado oscuro. Además, los perseguía el infortunio y la mala suerte allí dónde fueran.

Pero los años habían curtido a esta diezmada cohorte de marines espaciales; si la mala suerte los perseguía, convertirían ésta en una poderosa arma al servicio del Imperio. No estaban dispuestos a desfallecer y acabarían por demostrar su valía. Depresor se giró. Sus pesadas botas de plastiacero resquebrajaron la roca bajo sus pies y le hicieron resbalar por la ladera de la pequeña colina en que se encontraba. Avergonzado se levantó rápidamente y se sacudió el polvo del tabardo y la capa emprendiendo el camino de regreso a su base en el frente.

No muy lejos, enterrado bajo los escombros provocados por la caída del capitán un espía agonizaba enterrado por las rocas. Había aprendido demasiado tarde que no hay que acercarse mucho a los marines del capítulo de los Lamentadores.

domingo, 7 de marzo de 2010

Agente especial en acción.

"Es usted una mujer peligrosa". Cualquiera que oyera esa conversación en un almacén abandonado, habría asegurado que la mujer atada a la silla no saldría de allí con vida. Sin embargo, no se trataba de una mujer normal y el hecho de que se encontrara atada en una silla, a merced de los tipos malos de la malvada organización de turno, era algo que entraba perfectamente en sus planes.

"Demasiado peligrosa para dejarla con vida. Nada de lo que aquí hacemos puede ser interrumpido por alguien como usted, claro, pero hay que asegurarse de que no estorba nuestros planes". El hombre se colocó las típicas gafas de sol que parecían venderse con alguna rebaja especial para tipos malos y desalmados. Evidentemente, lucía un traje a juego que marcaba la tendencia de los malos en gastarse todo el dinero que tenian en trajes, gafas y coches negros, amén de algún que otro experimento que, normalmente, se encargaba al científico de turno para poder amenazar con destruir el mundo si no conseguían lo que querían.

Nuestra atada heroína pensaba que aquellos malos eran fabricados por un mismo patrón, demasiado típico para divertirse con ellos. Sin embargo, los buenos, para los que nuestra protagonista trabaja, también son muy dados a gastarse dinero; sin embargo prefieren, como nuestro trajeado villano debería saber, gastárselo en juguetitos tecnológicos, que dotan a sus agentes de muchas más posibilidades de supervivencia, por ejemplo cuando se ven atados a una silla con un chico malo recitando su discurso antes de la ejecución.

Para no ser menos, nuestra protagonista también dice su frase antes de pasar a la acción, no es que le gusten los diálogos manidos, pero le apetece decir algo antes de zurrar a los malos, así que "me subestima usted, soy mucho más de lo que aparento". Claro que, conociendo a nuestra chica, le hubiera gustado más decir algo así: "Siempre igual, me cogéis, me atáis y me soltáis el rollo, yo me suelto, os pego y me quedo tan ancha". Como podéis imaginar, el resultado final no es muy diferente; nuestra intrépida agente de los buenos consigue desatarse gracias a algún mini rayo láser escondido en un anillo o un reloj, que para eso se gastan los buenos el dinero en tecnología, y al verse libre empieza a repartir leña como si fuera un leñador vasco, algo muy impropio de una dama y que nos saltaremos para no herir sensibilidades ni manchar a nuestros lectores con la sangre que salpica por todas partes.

Una vez libre y con los malos deseando haber estudiado derecho agropecuario o alguna cosa por el estilo, nuestra protagonista se coloca bien el único mechón de pelo fuera de lugar, ya sabéis que los héroes nunca se despeinan mucho después de una pelea y se encamina a volar por los aires el almacén, experimento maligno y dañino incluido, por supuesto.

Para llegar al sótano donde coloca las cargas, se desliza cual anguila por los conductos de aire, hábilmente diseñados para que se cuelen por él los tipos buenos, mientras los malos a lo que les toca vigilar las entradas, que tampoco podrían hacer mucho puesto que nuestra heroína es silenciosa y extremadamente ágil pese a llevar un vestido de noche, negro y precioso, que realza su magnífica figura, como no puede ser de otra forma, se dedican a jugar a la brisca o algún otro juego de cartas apostando entre ellos garbanzos cuidadosamente seleccionados de una bolsa de frutos secos, ya que el presupuesto para esbirros no es tan grande como el destinado a experimentación y tipos malos con gafas y traje.

Una vez llega a su destino, coloca minuciosamente las cargas explosivas con un tiempo de detonación suficiente como para huir y enfrentarse al malvado jefe de la operación, mucho mejor vestido que todos sus secuaces y que, además de gafas, lleva también un teléfono de última generación con el que le avisan de los buenos a los que capturan y una pistola, que pese a las bonitas decoraciones no logra acertar más que a un bidón de algo inflamable que logra darle más luz a la escena y una nueva sensación de urgencia, totalmente innecesaria si recordáis las cargas que previamente ha colocado nuestra chica.

Como es natural, el malo, lejos de pensar en huir de la explosión o desactivar las cargas para salvar la millonada que ha invertido en su XXI proyecto de dominación del país, decide ponerse a luchar con la chica buena, y como se le han acabado las balas decide pegarle una paliza, lo cuál no está nada bien por mucho que ella le devuelva los golpes con más estilo y precisión. Al cabo de unos cuantos golpes, en los que por primera vez nuestra protagonista recibe de verdad, pese a lo que sigue sin despeinarse, logra vencer al malo, que muere antes de producirse la explosión porque con su afán de venganza, una vez derrotado y humillado, decide dar un último golpe a su rival, pero resbala con uno de los garbanzos de los esbirros que jugaban a cartas y muere empalado por una barra de hierro mientras se arrepiente de no pagarles más a sus esbirros.

Nuestra protagonista sale airosa del percance y mientras a su espalda el viejo almacén explota con unos bonitos fuegos que serían la envidia de las Fallas, nuestra chica se aleja, satisfecha con el trabajo y demasiado emocionada por la explosión para tratarse de uno de los buenos.

FIN

lunes, 2 de noviembre de 2009

La historia jamás contada en El Hobbit

Una soleada mañana, en que la alegría inundaba Erebor, una sombra cruzó la montaña hasta posarse sobre la entrada. Zas-clap (o en su defecto otra onomatopeya indicativa de batir de alas) y el origen de la sombra se posó en el suelo; delicadamente, con una uña, llamó a las puertas de la fortaleza enana.

Las puertas de ésta se abrieron y asomó una nariz regia y altiva seguida de un enano. El enano no era otro que el Rey bajo la Montaña, que asombrado contempló como una draconiana testa se inclinaba hacía él, luciendo sus escamas rojas y doradas.

Disculpe – dijo muy amablemente el dragón, procurando no chamuscar a su interlocutor con su abrasador aliento – siento interrumpir tan apacible y bonito día, sin embargo me gustaría comentar con usted ciertos aspectos de importancia.

El asombrado enano no salía de su asombro, con lo que el dragón, no encontrando impedimento a su discurso, siguió con su explicación.

Verá, mi buen señor enano, como podrá observar por mi forma, mi tamaño y mis cuidadas escamas, soy un dragón, y nosotros los dragones, nos dedicamos al noble y buen oficio de la quema y saqueo de reinos, palacios y montañas. - En este punto el enano empezó a sospechar que sería el desayuno del reptil. - Como he visto su hermosa montaña solitaria, he decidido venir a ofrecerles mis servicios.
Si no fuera inconveniente, podría hacerles una visita, digamos, la semana que viene. Para ahorrar tiempo, a no ser que sea una molestia ¿Podríais, mi buen señor, reunir vuestros tesoros en una sala grande y cálida?

El enano pestañeó solo dos veces por respuesta y el dragón, satisfecho con lo que creyó que era una afirmación, prosiguió:

En fin, quedamos así, amable enano, vendré a saquearos la semana entrante con los tesoros ya reunidos en un gran salón. Adiós, entonces y que tengáis un buen día.

Zus-flas (o de nuevo otra onomatopeya de batir de alas) y el dragón se alejó con la satisfacción del deber cumplido.

En las puertas de Erebor el rey enano se pellizcó dudando aún de no estar soñando.

Fin

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Con este microrrelato gané la primera edición del concuros de microrrelatos celebrada durante la Estelcon 2009 en Cardona. La historia cuenta de forma graciosa lo que pudo pasar antes de la historia narrada en El Hobbit de J.R.R. Tolkien.

Cuento de la doncella

Encontrándome yo en profunda reflexión, sobre antiguos textos perdidos, que había leído en las bibliotecas de Minas Thirith, cansado de estudio y dedicación, a manuscritos proscritos de alejadas librerías. Cabezeando casi vencido por el sueño, en el frío de una noche invernal, tomé la decisión de ir ya al encuentro del lecho y aliviar mi alma de tanto peso con merecido reposo.

Así me encontraba horrorizándome en la oscuridad por el leve crujir de unas cortinas, a causa, sin duda, del leve toque de la maldad de Sauron o quizá de las primeras raíces de una locura incipiente, nacida del tiempo pasado entre aquello que nadie más quiso leer. Cuando, de pronto, un ruido alteró mi mundo y me puso en pie junto a la cama como si helada hoja mi carne hubiese tocado. Pero al prestar al huidizo ruido un atento oído no encontré sino el silencio por respuesta y nada más.

“Será sin duda” me dije en voz queda “algún sirviente tardío, que a malas horas olvidó sus tareas”. Poco a poco mis palabras se fundieron en un nuevo silencio y el sueño siguió de nuevo con su batalla.

A mi mente vino entonces una historia casi olvidada, que en un rincón polvoriento de los viejos archivos Gondorianos hallé un día y leí... ¡ay, leí! Marcada en mi mente quedó la historia, hoy podría decir.

En un olvidado reino, de antiguas guerras lleno, en que los hombres acallaban los latidos de otros hombres a hierro y fuego, una doncella se enamoró ¡Pobre ángel desgraciado! No de un caballero de corte, como hubieran deseado, sino de un capitán, que al pie del castillo o no muy lejos sin duda, dirigía las huestes de los hombres enemigos.

Su amor, desdichado destino, fue por él correspondido, y el ingenio consiguió que él, gran enemigo de las gentes del castillo, se paseara en secreto y disfrazado por las sombras del castillo. Bien podía imaginar, en mis delirios de lector, que aquél truhán enamorado, que la alcoba de su amada visitaba, sería también su perdición.

Como la luz del alba, que a las sombras deshilacha, el secreto de aquellos que no deberían haberse amado, fue por los señores del reino descubierto. Y así, como castigo, aconsejando reflexión, mandaron a la doncella a ocultar su rostro en una encerrada torre, hasta desdecirse de su amor.

Vacías encontró el enemigo las alcobas, y jamás a su amada volvió a ver, pues ésta siguió en la torre, y sólo la muerte la halló.

Y acababa el relato, que del polvo rescaté, contando que aquella dama y en ocasiones su galán, aún visitan las sombras, que su romance buscó.

Así, ensoñado en tales cavilaciones me hallaba, cuando de pronto otra vez el ruido me sobresaltó. Oscuro el frío me abrazaba, y jamás tanto terror sentí. Pero sacando de la nada fuerzas que en mí no conocía, me atreví a dirigirme a la fuente del sonido, que no era otra que la alcoba contigua, en apariencia vacía pues tan sólo yo moraba, como único invitado, en esas estancias de la Ciudad Blanca.

Y a mi mente vino el recuerdo de aquella historia leída y la duda de si no serían los mismos pasillos, los que ante mi se alzaban, los que espectros incorpóreos por roto amor rondaban. Mi valor tomo la forma de queda llamada a la puerta y el horror de una inesperada pero temida respuesta se articuló con un áspero y seco “¡Espere!”. No daba crédito a tan rotunda voz de aquél que allí no debiera estar y accionado como por un resorte automático mi embravecido cuerpo llamó otra vez. “¡Espere! Otra vez tan oscura súplica a mi llamada en mi valor dejaba huella. Un "espere" y nada más.

Y esperando, en vano esperé a que el morador de aquella estencia, que con tanto fervor me mandaba esperar, abriera de par en par la puerta para rebelar ser un sirviente o alguien más. Pero al no abrirse tal puerta mi encontrada gallardía volvió de nuevo a actuar y abriendo yo mismo cruzé la entrada de piedra y allí ... vi a nadie. Soledad y nada más.

“Alguien que habrá escapado” me dijo mi alterada mente buscando explicación. Pero en aquella estancia, tan sólo una ventana alta, que de un risco era atalaya, rompía la fría monotonía de paredes de piedra y viejos muebles. Y es que allí nadie había que vivo pudiera estar. Solo espectros, nada más.

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Este cuento fue parte de la lectura de cuentos de la Estelcon 2009 en Cardona. Es una versión de dos leyendas de Cardona adaptadas a la Tierra Media. Los que la han escuchado dicen que tiene un tono parecido a Gustavo Adolfo Bécquer lo cual es muy de agradecer, pues el relato está inspirado, no en él, sino en Edgar Allan Poe.

domingo, 28 de junio de 2009

La Compañía

- Bienvenido a la compañía, chaval, ahora esta será tu familia.

El recluta Chaac mira algo nervioso a su alrededor, ha sido destinado al vigésimo segundo pelotón del quinto cuerpo del ejército de la FSP, conocidos como La Compañía de hierro. La fama de indisciplinados y de maleantes no es menor que la de duros. En la academia de Haraf Surum se decía que si seguían en activo era porque ellos habían logrado lo que otros no conseguían.

Gran parte de la fama que tiene la Compañia se debe, sin duda, al hombre que el recluta tiene delante, el coronel William Reed. Reed, al primer vistazo, es un hombre duro y curtido, con un fuerte carácter. La gran cicatriz que le cruza la cara acentúa sus rasgos de hombre duro y las canas que asomaban en las sienes le daban el toque justo de madurez de un oficial de su rango.
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